Grabado del galeón español El Callao por Alberto Durero (1471-1528).

El tornaviaje y el chocolate

El tornaviaje que emprendía el galeón de Manila desde las Molucas hasta la costa occidental de Acapulco, en Nueva España, cargado de seda, especias, y otros productos exóticos, requería de gran destreza marinera para alcanzar las corrientes de Japón que hacían posible retornar al continente. Esta ruta fue descubierta por  el navegante y fraile español Andrés de Urdaneta en 1565. 

Según los registros, se tienen contabilizados unos ciento ocho viajes del Galeón de Manila entre Filipinas y Acapulco, en los que tomaron parte unas cincuenta naves. En la larga travesía de regreso, que duraba casi el doble que la de ida por la configuración de las corrientes en el Pacífico, las tripulaciones se abastecían de las mercancías y alimentos que cargaban en Filipinas, y entre ellos cuentan las crónicas que el alimento que mejor se conservaba durante los seis meses de navegación era el chocolate.

Historia muy curiosa, ya que el origen de dicho producto era precisamente de las tierras a la que retornaba la nave cargada con las mercancías de Oriente, por tanto era a su vez cargado en el viaje de ida previendo su consumo para el regreso.

Además del chocolate, los navegantes del Nuevo Mundo cargaban en las bodegas de sus galeones con destino Filipinas vino y aceite de oliva producido en el Aljarafe sevillano, muy preciados en su destino. Y tiene sentido que fuese proveniente de dichas tierras, ya que las expediciones de la Flota de Indias que llegaban al Nuevo Mundo tenían en muchas ocasiones su origen en el río Guadalquivir.